viernes, 6 de abril de 2012

Caballos en la Prehistoria


 Cinco caballos de Julio Tapia Gasca


En el arcén izquierdo, dirección Graus, en Huesca, en la ladera sur de los Pirineos, encontramos una hermosa obra denominada Cinco caballos. Son cinco esculturas de acero que en pocos metros nos muestran la figura de caballos en diferentes poses. La firma del escultor Julio Tapia Gasca la encontramos impresa en la placa que sujeta las patas y sostiene las figuras.
Julio Tapia Gasca, artista polifacético que  nació en Zaragoza en 1957. Es  pintor, escultor, ingeniero, novelista e incansable viajero por museos de toda Europa. Hijo del escultor Julio Tapia del Castillo, en cuyo taller  aprende el oficio de su padre y donde toma contacto con la actividad escultórica. Sus obras se reparten por diversos lugares de Aragón y otras comunidades autónomas. El autor busca en todas sus obras la elegancia de formas y volúmenes a la par que la creación de una dinámica estética. Esta elegancia de formas y volúmenes, también la plasmaron en sus obras los artistas prehistóricos que  copiaron en ellas la plasticidad de estos hermosos animales.

Cabezas de caballos
Parece fuera de duda la ferviente admiración de los humanos por el caballo, admiración que se remonta a la Prehistoria, hecho que podemos constatar por las representaciones pictóricas y escultóricas de nuestros antepasados.
Hay que pensar, a buen seguro, cual sería la sensación que debía producir a nuestros antecesores prehistóricos, la contemplación de la locomoción de estas especie, su velocidad y gracia, pues si no, como explicar tan enorme esfuerzo artístico.

Es de suponer que las representaciones artísticas de estos pueblos prehistóricos se basaban en una realidad concreta, ya que solo parece ser que representaban animales con los que tenían interacción, es decir, animales que veían, cazaban, etc… Los caballos representados tienen diversas morfología, unos son de extremidades cortas y cuerpos rechonchos, otros, los de las cuevas del norte de España, son más estilizados. En cuanto a su pelaje, durante mucho tiempo se ha especulado que algunas de las pinturas prehistóricas, especialmente las de caballos de colores, poco habituales en la actualidad, son prueba de la capacidad simbólica de aquellos primeros humanos modernos. Ahora, un estudio realizado con ADN antiguo de estos animales, ha puesto de manifiesto que estos caballos existieron realmente y en cierto modo, eran abundantes y, por tanto, los habitantes de estas cuevas se limitaron a retratar lo que veían a su alrededor.

Caballo tallado en marfil de mamut
Sin duda, los caballos habían sido cazados durante el Paleolítico, e incluso puede que inicialmente su interés por su domesticación se hiciera con la perspectiva de provisión de alimentos (carne y después leche), pero al intentar cambiar su entorno, ya en el Neolítico, los seres humanos, encontraron en su domesticación un interés añadido, esta vez relacionado como ayuda y colaboración. Para tal fin resultó trascendente que se fueran sacrificando los animales más desafiantes, dejando selectivamente los más dóciles. Con todo ello, se modificó el nicho ecológico.

Arte Magdaleniense. Pirineos
Algunos especialistas, mantienen que el origen de nuestro caballo fue el Equus ferus perzewalskii originario de las estepas euroasiáticas, único caballo salvaje, que pervive en nuestros días y fue su domesticación en estas estepas entre el IV y el III milenio  a.C., es decir, entre el Neolítico y el inicio de la Edad del Bronce. No se sabe si de aquí se propagó por toda Eurasia o fueron domesticados en focos independientes. Se sugiere  la posibilidad de que en la península Ibérica hubiera ocurrido un evento de domesticación completamente independiente.

Tal como fuere, se piensa que la primera intención para la domesticación fue con toda seguridad la  producción carne y posteriormente de leche, como ya se ha mencionado, y ya en el tercer milenio se añadió un objetivo secundario, el de aprovechamiento de la energía del animal. El asno y el onagro fueron utilizados para trabajos antes que el caballo, al ser este un animal más fuerte y rápido y, por lo tanto, más difícil de “cazar” y  manipular.

Caballos de la cueva de Tito Bustillo (Asturias)
La primera medida de domesticación y manejo del caballo fue la introducción del BOCADO. El primer intento del sometimiento equino, parece que pudo ser atar una soga ó cordel a modo de lazo al cuello, actuando, al tirar el conductor sobre el animal, como ahogadero. Otra forma de sometimiento la proporcionó el uso de anilla en los cartílagos nasales a través de los ollares. Esta forma de sometimiento debió usarse para los más salvajes por lo severo del castigo que esta acción infringe. El uso de este  procedimiento, puede verse en algunas obras artísticas de la Edad de Bronce que llegaron hasta nuestros días. Pero la forma más segura del manejo del animal fue la introducción del bocado, entendido como un dispositivo rígido que ocupa el espacio entre los dientes  incisivos y premolares maxilar (superior) y mandibular (inferior). Este dispositivo se mantiene mediante unos soportes laterales que lo acomodan a la boca e impiden su expulsión. Este bocado sigue usándose hasta nuestros días sin apenas variación. La utilización del control del caballo fue, primero para el arrastre de carros y, posteriormente, para la monta.
La monta, en un principio, se antoja inestable y dependía de la habilidad del caballista, sobre todo por carecer de silla. Se ha comprobado por algunas representaciones artísticas de su tiempo, que en un principio se hacía desde la grupa de la montura apoyando el jinete las rodillas y piernas para su sujeción en el abdomen y tórax del caballo. Por ello, cuando se empezó a utilizar al caballo para la guerra, se hacía de modo que un guerrero conducía el animal y otro acompañante, a horcajadas en la grupa, se ocupaba de usar la lanza o el arco y las flechas contra el enemigo.

LA SILLA DE MONTAR tal como la conocemos hoy, con armazón de madera, es de al rededor del siglo III a.C. Su invento se le atribuye a los Escitas, pueblos del norte del Cáucaso. En cuanto a los Íberos, afamados por su relación con los caballos así como por su carácter especial que mezclaba el valor con el salvajismo, carecían de una silla de montar que les dotara de seguridad en el combate.

Jinetes con bocado, silla y estribo
En cuanto al ESTRIBO, se sabe que existieron en diferentes regiones del mundo, algunos estribos primitivos, pero es aceptado universalmente que dicho invento se realizó en China. La consolidación de los estribos, supuso un cambio total en el modo de concebir y actuar la caballería como arma de guerra, pues al contar con estos nuevos asideros, el jinete podía ejecutar el golpe de la lanza de una manera más eficaz, dado que en la monta sin estribos, la lanza debe ser manejada por la fuerza del hombro y brazo del guerrero, mientras que los estribos convierten al caballo y jinete en una sola unidad, de modo que la mano sólo guía el golpe. También es más eficaz en cuanto a la distancia del ataque, pues la lanza utilizada puede ser de mayor longitud y en lo referente a la espada, con la aparición de los estribos, también se alarga, al tener el jinete una mayor capacidad de actuación y una mejor maniobrabilidad de uso.

En lo referente a la HERRADURA, ni de persas, ni de egipcios, ni de asirios, ni tampoco del mundo greco-romano se tienen noticias de la existencia de la misma, por lo que se piensa pudo tener su origen en los pueblos bárbaros germanos. Como un antecedente lejano, se cita la costumbre de los pueblos bárbaros de las estepas rusas, al menos desde el siglo II d.C., de utilizar pequeños hierros que durante el invierno, cubrían las lumbres del casco con clavos para agarrarse a las superficies heladas. El herrado del caballo, desde su invención ha supuesto un gran avance para la tracción y uso de las caballerías.




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